Gabriel Vargas y la Familia Burrón

Por Eduardo Estrada Mosqueda (+)

Gabriel Vargas nació el 24 de marzo de 1918 en Tulancingo, Hidalgo. Acababa de cumplir 4 años de edad cuando llegó a vivir a lo que hoy se denomina Centro Histórico y, en aquel tiempo, era toda la ciudad de México. Comenzaba la década de los 20, y le tocó vivir y atestiguar la ciudad de vecindades y pulquerías, perros famélicos y limosneros, desocupados y malvivientes, inundaciones y hambre. Su padre acababa de morir en Tulancingo, Hidalgo, de donde la familia era originaria, y su madre, Josefina Bernal, decidió buscar mejor vida con sus 12 hijos en el D.F.

Con los magos ahorros que dejó el difunto, y que el matrimonio había pensado emplear para enviar a los hijos a estudiar en el extranjero, la mujer compró una tienda de abarrotes e instaló a la familia en una pieza de la calle de Moneda. El negocio ayudó a sostener a la numerosa prole durante algunos años, pero al cabo dejó de ser rentable y la mujer, que era animosa, optó por venderlo y aceptar trabajo como obrera en una empresa fabricante de productos médicos.

Gabriel, mientras tanto, cursaba la primaria (con un maestro tan distraído, que lo pasó, afirma, del 1º al 3er grado sin darse cuenta del error) y se caracterizaba por ser el alumno más travieso del plantel, lo que ocasionaba a su madre constantes disgustos y, a él, raras crisis de conciencia. Precoz hasta la exasperación, el niño no tuvo dificultad para ganarse el aprecio de los habitantes del barrio y descubrir, antes de cumplir los 12 años, que su habilidad para trasplantar la realidad al papel, en forma de graciosa dibujo, era portentosa. En 1930, parra celebrar "El Día del Tráfico", realizó en tinta china un dibujo de la avenida Juárez, con todo y anuncios publicitarios, en el cual aparecían vehículos, carretas, y más de 5,000 figuras humanas perfectamente delineadas y que dejó a sus maestros con la boca abierta.

A la secundaria Vargas sólo asistió unos días, pues había logrado hacerse amigo del jefe de los talleres de dibujo de la SEP, Juan Olaguíbel, quien le permitía pasar la mañana ahí, armado de papel y lápiz, dando rienda a la imaginación.

Una mañana, Vargas imaginó cómo debió ser la construcción de la catedral metropolitana, y mostró el dibujo resultante al jefe de los talleres. Éste lo instó a mostrar el dibujo al secretario de Educación. Sin vacilar, el chico se dirigió a las oficinas del alto funcionario. Al cruzar el patio, vio que un hombre descendía de un lujoso automóvil; Vargas creyó que se trataba del secretario, y lo abordó.

El caballero, quien resultó ser el doctor Alfonso Pruneda, entonces director de Cultura del Instituto Nacional de Bellas Artes, miró el dibujo y sonrió, gratamente sorprendido. Pidió a Vargas que fuera a verlo a su despacho al día siguiente, acompañado por un adulto, para hablar sobre la educación de tan ingenioso dibujante. Feliz, Vargas corrió a su casa, dispuesto a sorprender con la noticia a su madre, y tocó varias veces la puerta, sin que nadie atendiera a su llamado. Al cabo, uno de sus hermanos se asomó por la ventana y le comunicó que por órdenes de su madre el joven no entraría "ni siquiera a dormir", pues habían avisado de la escuela que iban a suspenderlo debido a sus constantes faltas.

En otras circunstancias, Vargas habría escapado hasta que amainara la tormenta, pero en aquella ocasión porfió en su empeño de entrar a la casa y hablar con la madre. Al final, lo dejaron entrar, pero no le creyeron una palabra, aduciendo que el muchacho había inventado la historia para librarse del regaño.

Al día siguiente, el dibujante se presentó solo en las oficinas de Pruneda. El funcionario escribió un mensaje dirigido a la madre para rogarle que acudiera a verlo y, la mujer, sin entender bien de qué se trataba, aceptó al fin acompañar al hijo. Pruneda habló con entusiasmo del talento del dibujante y propuso enviarlo como becario a estudiar pintura y dibujo en Francia. La señora aceptó emocionada, pero Vargas, que después de todo era buen hijo, para no separarse de su madre rehusó la beca y pidió, en cambio, que le consiguieran empleo como dibujante en el Excélsior.

De esta forma, a los 13 años de edad, Gabriel Vargas ingresó al periódico ganando 3 pesos semanarios y realizando ilustraciones para diversos suplementos. Su jefe inmediato, Mariano Martínez, comprendió que el joven tenía futuro y no permitió que se le separara. Lo dirigió paso a paso y terminó por convertirse en un segundo padre.

Al poco tiempo la editorial Panamericana, del legendario coronel José García Valseca, convocó a un concurso de dibujantes para localizar y contratar a los mejores del país. Vargas sabía que la pugna sería reñida pues, entre otros, participarían , Rafael Freyre, Alfredo Valdez y el propio Mariano Martínez como el primer lugar ganaría la estratosférica suma de 10 mil pesos, decidió inscribirse y enviar un dibujo. Para sorpresa suya, ganó, y García Valseca le ofreció empleo: 1,000 pesos a la semana, a cambio de crear una historieta. Apenas tenía 16 años y se convirtió en Jefe del Departamento de dibujo de ese diario.

Por aquel tiempo Germán Butze había cobrado fama al crear Los Supersabios y Vargas ideó crearle una contraparte, a la que tituló Los Superlocos, cuyo personaje principal, Filemón Metralla, era un vivales inclinado a abusar de los débiles e ignorantes.

Aunque la historieta tuvo éxito, Vargas sólo alcanzó la consagración 10 años más tarde, cuando el humorista León Ferrari (quien realizaba en México una versión de la historieta cubana Anita de Montemar) le apostó 10 mil pesos arguyendo que el dibujante no podría crear un personaje femenino con las características del personaje principal de Los Superlocos. Vargas aceptó el desafío y salió a recorrer las calles de la ciudad, en busca de inspiración. Visitó vecindades, cabarets, mercados, cantinas y pulquerías. Así creó La Familia Burrón, formada por un peluquero honrado y trabajador (copia exacta de un amigo del autor), una mujer voluntariosa y entrometida quien, a pesar de vivir en la pobreza, pretendía actuar como aristócrata (personaje inspirado en la madre de otro amigo), y 2 hijos adolescentes que padecen las inquietudes propias de su edad y condición social (basados en experiencias propias del joven dibujante). El primer número salió a la luz en 1948.

Los Burrón y los 53 personajes que fueron surgiendo posteriormente "para no cansar al lector", transitaron por los escenarios grabados en la memoria de Vargas: las vecindades con macetas y pollos en los patios, las paredes llenas de agujeros, las calles habitadas por perros y boleros, los billares de mala muerte, los camiones atestados, los mercados con sus precios al alza, los parques con sus pobres a la baja; un mundo donde el último consuelo es reírse de la desesperanza.

La Familia Burrón alcanzó un éxito clamoroso: 500,000 ejemplares cada semana durante muchos años.

En 1971, García Valseca perdió su cadena periodística y Vargas decidió renunciar, sin aceptar la indemnización que por más de 30 años de trabajo le correspondía. Así, la revista inició una segunda época, editada por G. y G.: iniciales de Gabriel Vargas y Guadalupe Appendini, periodista de Excélsior con quien el dibujante se casó hace 13 años, después de la muerte de su primera esposa (con quien procreó 2 hijos, actualmente de 34 y 35 años).

Hace 8 años, Vargas sufrió una embolia que le paralizó brazo y pierna izquierdos, pero no abandona a su Familia Burrón. El negocio es ahora poco rentable ya que sólo se venden 125,000 ejemplares por semana. ¿Hasta cuándo seguirá?:

- Mientras queden en México ricos en expansión, pobres en decadencia, soberbios en inflación y humildes apachurrados- jura fervorosamente el autor, quien ganó el Premio Nacional de Periodismo en 1983.

Entre otras historietas ha creado: La vida de Cristo, Sherlock Holmes, Pancho López, El gran Caperuzo, Los Chiflados, Los del Doce y Sopa de perico.

En la ciudad de Tulancingo, Don Gabriel vivio cerca de la Capilla de los Angelitos , en  la calle Libertad, entre 21 de Marzo y Echavarri

Calle libertad a principios de Siglo XX

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